Últimamente no me encontraba muy bien de salud. Había sufrido unos cuantos desmayos. Es cierto que los tres primeros se debieron a las respuestas que obtuve de los tenderos acerca de los precios de algunos de sus productos, por ejemplo cuando el frutero me dijo lo que costaba un aguacate, o cuando pregunté el precio de las fichas para una vuelta en coche de choque o qué costaban cien gramos de jamón de bellota. Pero el cuarto desmayo no se me ocurría atribuirlo a nada, así que decidí acudir al médico. Intenté pedir cita por internet pero las fechas que aparecían disponibles no me venían bien, mas que nada porque como no eran del año en curso… Como no me amilano fácilmente, decidí llamar por teléfono y  las fechas disponibles eran las mismas, así que fingí que tenia los síntomas de una enfermedad rara y deje caer el nombre ébola como si tal cosa. Aun no había acabado de hablar por teléfono y ya me estaba recogiendo una ambulancia. Una vez en el hospital tuve que aclarar que yo había dicho que lo de la enfermedad -era bola-, no ébola, pero no me creyeron y aún estoy pagando la factura.

Como ya me estaban atendiendo en urgencias, les conté mi caso y decidieron realizarme una revisión completa. Lo primero el análisis de sangre. Para tranquilizarme, el sanitario, un tal Dracull me hablaba acerca de Vlad Tepes, más conocido como “El empalador”, uno de sus ídolos. Yo fingía que aquella conversación me relajaba soltando una carcajada cada diecisiete segundos, pero estaba tan tenso que no creí que la aguja fuese a poder clavarse en mi brazo. Cuando llegó el momento la aguja entró indoloramente y  sonreí. Estaba tan tranquilo que me armé de valor y decidí mirar cómo extraía la sangre.

Seis días más tarde desperté en una cama de la unidad de cuidados intensivos. Al parecer sufrí varias paradas cardiorrespiratorias y todas debidas a la impresión. Afortunadamente ya había pasado todo. Trajeron una bandeja con comida, bueno comida según ellos, porque allí no se veía panceta por ninguna parte…. Tras unas horas en observación me dieron el alta y me indicaron la fecha en la que tenia cita con mi doctora de cabecera.

El día de la cita, me presente el primero en el centro de salud. Como faltaba bastante para la hora de mi cita, decidí echarme una cabezadita. Desperté sobresaltado al escuchar mi nombre. Aquel lugar se había transformado en el hogar del jubilado. Nadie tenia menos de setenta años y entre la confusión de haberme despertado alterado, llegué a pensar que había estado durmiendo décadas. Una vez tranquilizado, me levanté y entré en la consulta.

Tras saludarme y explicarle yo todo lo acaecido, la doctora procedió a revisar el informe que había recibido del hospital. Tras varios minutos en silencio en los que su cara pasaba de manifestar incredulidad a terror disimulado, me felicitó.

 

-Enhorabuena, es usted la persona viva con mayor índice de colesterol del mundo y no lo digo figuradamente ya que como puede ver , aparece su análisis junto con un diploma y la certificación de “El libro de los récords Guinness”, además de una invitación a aparecer en una serie de Nacional Geografic.

-Muchas gracias. Aun pensaba yo que me diría algo malo.

-Pero hombre de dios, como no va a ser malo esto. Es un problema muy serio que en sus niveles hace que sea un milagro que siga vivo. Vamos a ver, lo primero la dieta. ¿Come usted verduras?

-¿La panceta es verdura?

– No. Verduras son el tomate, la lechuga…

-Tomate si tomo.

-¿En ensaladas?

-No, en bocadillos de panceta.

-¿Pero cuánta panceta come usted?

-Pues desayuno café y unas tostadas con finas lonchas de panceta. A media mañana un bocadillo de panceta. Para comer panceta cocinada de distintas maneras. Como merienda medio bocadillo, que hay que cuidarse, de panceta y para cenar no suelo cenar

-Eso se ha acabado. A partir de ahora dieta y ejercicio. Ahora mismo le preparo una dieta y le imprimo unos consejos…, ¡pero, madre mía! ¿de dónde se ha sacado usted ese bocadillo de panceta?

einn y la panceta

Ejercicio y dieta. Con dos palabras convirtió mi vida en un infierno. Decidí que saldría por las mañanas a correr un ratito, pero nada mas salir de casa me arrolló un runner y a los cinco minutos me golpeó un ciclista de los que van por la acera y mientras todavía cojeaba me atropelló un coche en pleno paso de cebra. Si la cosa seguía en esa progresión lo siguiente era un autobús, así que decidí volver a mi casa y apuntarme a un gimnasio.

Nada más entrar, localicé mi objetivo, la cinta de correr. Bueno mi idea era empezar andando y el plan era que a la semana o así estaría en condiciones de derrotar a los keniatas en el maratón. Ahora era el momento de empezar a caminar.  Alguien me dijo que lo ideal era comenzar haciendo unos cinco km en una hora, pero tras tres tristes horas mi podómetro personal marcaba novecientos metros y estaba agotado por el esfuerzo. Al día siguiente comencé de nuevo el ejercicio y al cabo de las dos horas tenía calambres en todo el cuerpo, fue entonces cuando el monitor se me acercó y me dijo que si encendía el aparato igual la experiencia mejoraba. Cuando le dio al botón y la máquina empezó a mover el suelo me saltaron las lagrimas y tuve una aparición, fruto sin duda del esfuerzo, en la que la virgen me colgaba una medalla olímpica. Fue el éxtasis. Parecía que iba corriendo y de hecho, la velocidad empezó a incrementarse de tal manera que lo siguiente que recuerdo ya es en la silla de ruedas.

Como no podía ir al gimnasio, empecé con la dieta. Me acerque a comer donde siempre, al club de jubiletas que era donde los bocatas de panceta eran más económicos, pero esta vez pedí una ensalada.

Al oír ensalada, todos dejaron de hablar de golpe. El pasodoble que estaba sonando también paró. Comenzaron a cuchichear entre ellos y algunos me señalaban. Inmediatamente empezaron las risotadas y el cachondeo, así que tuve que decirles que no era para mi, que era para un proyecto científico relacionado con alienígenas y que lo que iba a pedir para mi era lo de siempre, panceta. Cuando salí del club le entregue el bocata a un Hare Krishna y cuando le dio el primer bocado, a los dos nos saltaron las lagrimas.