«Hoy Compartimos …» lo formamos un grupo de bloggers que mes a mes tratamos un mismo tema desde nuestro propio punto de vista. Es una divertida iniciativa, y si nos lees, ademas de engancharte apreciarás lo que viene llamándose «variaciones sobre un mismo tema». Al final de todos los posts de participantes verás el listado y enlaces a nuestras redes sociales, pero lo que va ahora es…
…contarte que…
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…yo estuve ahí, en el fish and chips del puerto de Plymouth, Inglaterra

Os voy a contar la tragicomedia acontecida en mi primer viaje a Inglaterra. Resulta que como tengo familia allí viajo con frecuencia a Londres, pero esta vez ni visitaba la capital ni aún tenía familiares (allí), la historia era otra, os cuento.

Viajaba con una amiga hacia Chulmleigh con parada en Great Torrington (repite en voz alta “Chulmleigh” y  “Torrington” de “Great Torrington”, de donde los Torrington de toda la vida, e imagina con 19 años las risas que nos llevábamos). En Chulmleigh  trabajaba nuestra gran amiga como au pair con una familia de lo más respetable.

Mark Sylvester en freerangestock.com

Por aquél entonces mi “amado” Ryanair no había nacido, así que el periplo era el siguiente: bus Valencia-Santander, taxi hasta el puerto de Santander para coger el Ferry, navegar unas 20 horas hasta Plymouth, bus aGreat Torrington, y en la misma estación tren a Chulmleigh. Ibamos cada una con dos bolsas de viaje más que enormes, y yo además con un tambor de detergente Colón.

Hicimos noche en Plymouth, pues la salida del ferry estaba más que atestada, las escaleras mecánicas averiadas, y dos damiselas en apuros cargadas como mulas, con tambor de Colón incluido, no recibimos la más mínima ayuda, y sí, perdimos el bus a Great Torrington. Como éramos  jóvenes no nos planteábamos el peligro de permanecer toda  la noche en un puerto, pero casualidades de la vida, ya en tierra  Tono y Luis, una simpatiquísima pareja de amantes almerienses con un pequeño apartamento alquilado en el mismo Plymouth, al oirnos hablar en su idioma nos ofrecieron cobijo por una noche. No hubiera tenido mayor trascendencia de no haber sonado en mi cabeza la voz de mi madre: “hija mía, es de bien nacidos ser agradecidos”. Siguiendo esta consigna no dudamos en invitar a estos dos chicos a tomar algo en un pub de  fish and chips al ladito del puerto, y éstos, caballerosamente, si que nos cargaron nuestras bolsas. Yo no soltaba el tambor de Colón. Y mi relato del “Yo estuve ahí” comienza aquí:

 

Éramos cuatro personas, de las cuales yo la tercera en entrar en el fish and chips. Me hizo gracia que cuando mi amiga y Tono flanquearon la entrada  delante de mí, sonó un suave timbre, pero fue poner yo el pie en la alfombrilla de entrada y todas las luces se apagaron por un instante, inmediatamente se iluminaron cientos de bombillas que cambiaban de color intermitentemente, sonaban unos zumbidos como de alarma nuclear, seguidos del Twist and Shout de los Beatles a toda pastilla, y dos camareras con cara de asqueadas cantándola y bailando a su son. Yo no daba crédito a la situación, me llegué a marear mientras  mi amiga, con perdón, ¡¡¡¡se descojonaba!!!! casi tirada en el suelo. De los chicos ya ni os cuento, me faltarían posts para contároslo.  Tras el espectáculo de luz y color se encendió un panel digital con el número 1.723.111, y un pelirrojo barbudo vino a mi, Bernarder, tendiéndome la mano y felicitándome por ser la clienta número 1.723.111, no se me olvidará en la vida.
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Bernarder, el excéntrico propietario de este negocio, había decidido que cuando se llegara a tal cifra de visitas lo celebraría por todo lo alto  y no sólo invitando a una ración a dicho cliente. Los lugareños deseaban que fuera un forastero el premiado, ellos sabían por qué. Si no fue suficiente el show de iniciación, y sin que la ya estridente música y baile de agoniosas camareras hubiera finalizado, Bernarder cubrió mi cabeza con una corona de cartón de la que emergían peces de plástico y purpurina con auténticas patatas fritas pegadas, humillante.
El garito estaba atestado, mi objetivo principal era pasar desapercibida, coronada pero desapercibida, y con el show repitiéndose cada vez que se servía una ración de fish and chips, decidí sentarme en el tambor de Colón porque era más bajo que los taburetes del garito.
El show se repetía cada vez con mayor frecuencia, era un constante goteo de nuevos clientes. Llegó un momento que el pub estaba más que abarrotado, yo ya era víctima de una absoluta debilidad, me sentía desesperada, todo el garito y no sólo mis acompañantes se mofaban de mí, no tenía cobertura para llamar a Amnistía Internacional, y en un empujón el tambor de detergente se balanceó, cayó, y todas las patatas cebollas que nuestra amiga au pair nos había rogado encarecidamente que le lleváramos para poder cocinar una auténtica tortilla española, rodaron, rodaron, y rodaron.
A partir de ese instante todo fue más que increible: un hombre que vino a ayudarme a recogerlas rompió a llorar sólo al rozar la primera patata,  recordaba que en su ciudad natal, Hampshire, a cientos de millas de distancia,  estaba celebrándose el Potato Day Festival.  Tubérculos y hortalizas continuaban rodando, al tiempo que sonaba el Twist and shouth en un eterno bucle mientras se servían raciones y más raciones de pescado con patatas, y es que Bernarder era un gran amante de los Beatles.
Por un instante fantaseé con que mis acompañantes dejaran de verle la gracia a toda esta feria, que el lesionado se recuperara,  y que pudiéramos marcharnos, pero una conjunción de planetas o tal vez la luna llena, flotaban sobre mi cabeza. Sólo acababa de empezar.
Chance Agrella en freerangestock.com
Y os digo que fue así porque si a Bernarder le fascinaban los Beatles, no pudo entrar en el pub otra persona que Yoko Ono acompañada de Manolo Escobar. Bernarder, en un arrebato de ira dejó de servir comida, al tiempo que Tono y Luis, la pareja de almerienses,  ya enloquecieron definitivamente viendo a su paisano. No desistieron hasta lograr agasajarle con una copa del mejor vino. Mantuvieron una amena conversación en la que se desveló la procedencia de tan extraña pareja. Se celebraba en Plymouth un congreso, «Parapsicologia de la música: ectoplasmas en fa sostenido». Allí  coincidieron ambos, y Yoko, embelesada por una psicofonía en la que con abosluta claridad se identificaba «Mi carro me lo robaron», en pleno éxtasis hizo lo imposible para lograr una cita romántica con el rey de la copla. Fue en un fish and chips
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En fin, las horas pasaron y pasaron, pintas de cerveza rodaron y rodaron, patatas y cebollas se pisaron y pisaron, y ya caducado mi «reinado», prometí que ahorraría para viajar en avión, que un tambor de Colón no es buen equipaje de mano, que la voz que escuché en mi cabeza tal vez no era la de mi madre, y de paso inventé la tortilla de patata congelada. Al mismo tiempo Yoko Ono entonaba en japonés, Manolo Escobar le acompañaba con coros y palmas, y Bernarder se ahorcaba.

Si has conseguido llegar hasta aquí ya no es necesario que te cuente que todo es más que falso: no he viajado en ferry, no conozco Plymouth ni sus pubs, ni siquiera a Bernarder, el último tambor de Colón lo ví en los primeros años ochenta, y presumo que Yoko Ono y Manolo Escobar no han llegado a coincidir nunca, y desde luego afirmo que toda su historia aquí contada es una enorme ficción sin ningún viso de realidad, pero es que… no sabía qué contaros esta vez :(
La única auténtica verdad es que acabamos de estrenar el blog de Hoy Compartimos, que además seguimos con la página de facebook, y que en todos estos blogs participantes puedes leer «dónde estuvieron», te invito a: