Tras trabajar en un espacio confinado dentro del tunel y bajo gerencia china, Einn emprende una nueva vida laboral al aire libre. Con ustedes, Einn perroflauta:

En vista de que mis ahorros menguaban a una velocidad que ni Fernando Alonso y de que el único trabajo del que había oferta era de Teleñeco, decidí mudarme de casa y no se me ocurrió otra cosa que la de hacerme okupa. Decidí invertir algo de tiempo buscando una casa en una buena zona con  jardines cerca y buenos colegios para los niños, en fin, puestos a ocupar pues lo hacía con clase y punto. Tres días más tarde me decidí. Acudí con todas mis pertenencias que consistían en una silla de ruedas que me habían regalado hacía tiempo, dispuesto a reventar la puerta pero casualmente no estaba cerrada y sin más entré. Qué bonita era la casa y que poco tardó en llegar la policía. Cuando llegaron, fueron muy amables y no me pegaron casi. Me entregaron un escrito en la que se me invitaba a marcharme. Pensé que tal vez el hecho de ir en silla de ruedas en ese momento podría hacer que se compadeciesen de mí, pero no sé cómo lo hicieron que cuando acabe de decirles

– No iréis a desalojar a alguien en silla de ruedas,

Ellos también iban en sillas de ruedas, anulando así mí suplica.

Al parecer acababa de ocupar una casa que curiosamente ya estaba ocupada ilegalmente por un alto funcionario del ayuntamiento que llevaba un par de semanas de vacaciones. Me marché llorando. Eran tantos recuerdos…

Unos días después, y ya andando por mi propio pie, conseguí un cuarto en una casa okupada por el colectivo PEBYA (Pásame el brick y aparta). Tras varias conversaciones con mis compañeros, llegue a la conclusión de que debía buscarme algún medio de subsistencia digamos, alternativo. Mi primera opción fue encontrar un instrumento musical con el que echar las tardes muertas sentado en algún parque, pidiendo la voluntad. El Rastas que curiosamente era un chaval de cuarenta años calvo, se brindó a alquilarme, por poco dinero, un pack que consistía en una vieja flauta y un  pequeño perro más viejo aún. He de decir que aunque me tiré como tres horas mirando fijamente al perro, a mí seguía pareciéndome una rata y como la flauta nunca la pude soportar, rechacé su propuesta.  Como vi una vez un video del grupo Les Luthiers y recordaba que ellos mismos se hacían sus instrumentos, decidí que yo me haría el mío. Tras horas de búsqueda de materiales por los más prestigiosos contenedores de basura de la ciudad y una labor de ingeniería que ni MacGyver, finalmente lo conseguí. Era una especie de mezcla entre una tuba y una gaita. La llamé Gaituba aunque mis compañeros la llamaban Tubaita, creo que con ánimo de molestarme. Ahora solo me hacía falta el animal de compañía. Una norma aceptada en el entorno perroflautista es que los animales de compañía han de ser lo más pequeños y feos posibles y si además tienen mal carácter, pues mejor que mejor. Como no conseguí encontrar a ningún perrete tuve que cazar una rata, ponerle collar, vacunarla y amaestrarla. Como tenía dudas acerca de la legalidad de mi futura actividad artística me dirigí al ayuntamiento a informarme. Salí de allí con un autónomo, una licencia para grandes espectáculos, varios seguros para mí y mi futura audiencia, dos multas pagadas con antelación para cuando pisara el césped en los parques, y los papeles para pagar IRPF e IVA. Solo fue eso porque decidí marcharme ya que solo llevaba 3500 euros encima…

Cuando llegué a la mansión okupa y lo conté me dijeron que los auténticos antisistema no pagan impuestos y que lo hacen todo al margen de políticos y leyes. Les dije que de acuerdo pero que si alguien necesitaba un punto de luz, me había sacado licencia también.

Al día siguiente comencé mi aventura titulada “Callejeros Perroflauteros”. Como no sabía tocar nada, lo que hacía era tararear por la boquilla del instrumento, con lo que se escuchaba un sonido bastante raro que parecía gustarle a la gente. A la rata le había enseñado a montar una especie de pequeña noria con un mecano y a distinguir entre las vocales. A medida que pasaban los días la expectación era mayor en las calles. Decidí expandirme y conseguí fabricar más instrumentos como el mío y amaestrar más ratas. Ahora ya éramos 16 personas tocando y 25 ratas haciendo mecanos. Las televisiones del tercer mundo venían a ver nuestro espectáculo callejero y un señor chino me pagó una fortuna por una rata, y aunque decía que era para un espectáculo de su país note como salivaba cuando se la entregué. Según una empresa consultora que contraté, el negocio tenía muy lejano su techo y me auguraban grandes ingresos, tanto económicos como en calabozos de comisarias. También me recomendaban que la ambientación musical no se ciñese solo a La Marsellesa.

En la casa ocupa me miraban con malos ojos, porque aunque la mayoría trabajaban en mi espectáculo, no veían bien que hubiese instalado una gran caja fuerte en mi habitación ni que protegiendo la puerta de mi cuarto hubiese dos guardias jurados constantemente. Decían que les cortaba el rollo en las fiestas nocturnas y no les dejaban hacer fuegos en el salón.

Poco a poco la filosofía imperante en la mansión okupa fue cambiando. Como empezaba a entrar dinero a espuertas comenzaron a desaparecer los bricks de vino y veías a la gente bebiendo vinos embotellados de marcas que comenzaban con la palabra Château. Unas semanas antes se hubieran pasado horas haciendo malabarismos por un chato de vino y un kebab precocinado comprado en un chino. Escuché una triste conversación en la que El Oveja  le decía al Abuelo Multimedia, (le llamábamos así porque tenía más de 90 años y manejaba el móvil como un adolescente) que ya no se iba a poner nunca más pantalones con franjas verticales. Ante este panorama, y al ver aparecer un mensajero con un pedido de “Tele Filet Mignon”, desolado, decidí abandonar la casa. Fiel a mis costumbres, acudí a la última representación del espectáculo RatapanZ. Finalizado, les comunique a los artistas mi decisión de acabar con el espectáculo, lo que los entristeció bastante. También les informé de que acababa de venderles la idea a los del Circo del Sol. Les regalé las ratas pidiéndoles por favor que las cuidaran mucho y me marché esquivando como pude la lluvia de piedras.

Cuando me dirigía a recoger mis cosas vi que la policía estaba en la puerta de la Mansión Okupa. No dejaban entrar a nadie, al parecer otro alto cargo del ayuntamiento la había ocupado y ya estaban con las reformas.

No pude evitar sonreír al pensar en la cara que se les iba a quedar cuando al abrir la caja fuerte encontraran la copia de la escritura a mi nombre. Espero que por lo menos me acaben la reforma….