Tras superar en una clínica de desintoxicación la sobredosis de Hemoal, necesitaba un cambio radical en mi vida. Corrían los primeros años 90 y todo el mundo aspiraba a la fama. El tema me obsesionó y durante semanas no hice más que pensar en cómo conseguirla y en ahorrar para pillarme un Kit Kat.

Fue mientras leía una de esas revistas en las que también anunciaban las gafas de rayos x, que me vino la inspiración, ¡conseguiría un Record Guinness de algo! Por aquella época, con un poco de esfuerzo era fácil obtener un Record mundial. Solo se te tenía que ocurrir algo que no se le hubiese ocurrido a otro y hacerlo, como por ejemplo inflar 23 globos en tres minutos con la nariz o no ducharse ni bañarse durante 60 años. Me asaltó una gran idea,  hacer una albóndiga grande, de hecho la más grande del mundo. Ahorré durante meses y conseguí a buen precio 500 kilos de carme picada, una bolsita de pan rallado, un diente de ajo, un tetra brik pequeño de leche, un huevo, una pizca de sal y un poco de perejil. Con todo esto, confeccioné una albóndiga de cerca de 1.30 metros de diámetro que envolví en papel de aluminio y cociné por partes usando un soplete, lo que me llevo tres días. Una vez acabada, llamé al representante del Libro Guinness de los Records que me confirmó su asistencia al pesaje, eso sí, me dio cita para tres meses después. El día fijado, lleve la albóndiga, dándole vueltas por la calle, hasta la báscula para camiones donde se iba a efectuar el pesaje. Nada más llegar, me obligaron a quitarle las piedrecitas, los trozos de ladrillo y de heces de perro que se le habían quedado pegadas, proceso en el que tarde dos horas. Ya caída la noche me confirmaron que no había conseguido el record ya que según el juez, “otro pirado había hecho una tres kilos más pesada y además la carne de la mía estaba podrida”. Sin resignarme le dije que podía aplastarla y convertirla en la hamburguesa de carne podrida más grande del mundo. Tras consultar unos papeles me dijo que “eso también lo había hecho el primer pirado”. Desesperado, le eché un sobrecito de kétchup a la bola de carne e intente colarla como la albóndiga en salsa más grande del mundo, pero también fui rechazado.

Vencido pero no hundido decidí realizar otro intento de record, aunque aún no sabía cuál. Invertí en el proyecto y me compré el libro para saber cuáles estaban ya “cogidos” pero lo que realmente me inspiró fue la película “Regreso al Futuro”. La vi en la zona de pruebas para televisiones de El Corte Ingles, ya que, por aquel entonces, no tenía ni video ni tele ni muelas del juicio y por eso pasaba tardes enteras allí. En la peli, un coche lanzado a cierta velocidad logra transportar al protagonista al futuro. Eso me dio la idea. Contacté con la persona más inteligente que conocía, un chaval de mi barrio al que todos llamaban Cerebro. Cerebro me escuchó con atención cuando le conté mi idea de viajar al futuro. Le expliqué que en la película lo habían conseguido con un coche, pero que yo pensaba hacerlo con mi moto, una Derbylette. Cerebro, era mudo, o por lo menos nadie lo había oído hablar, pero se explicaba muy bien por escrito y gesticulando, aunque a veces podías confundir sus gestos con alguno de sus numerosos tics. Tras realizar interminables cálculos a una velocidad pasmosa, me plantó un folio con varias sumas y restas que no conseguí entender y una nota en la que me aclaraba que para lograr mi objetivo debería lanzar mi ciclomotor a una velocidad cercana a la de la luz y que para alcanzar esas grandes velocidades me resultaría imprescindible el combustible para cohetes. También puso que era manifiestamente imposible, pero yo eso lo obvié ya que imposible no existe en mi vocabulario y no me atreví a preguntarle qué significa “manifiestamente”.

Tras consultar lo que podría costarme un cohete tipo espacial, decidí intentarlo creando mi propio cohete, que adaptaría a mi ciclomotor con cuerdas, tornillos y un poco de cinta americana que me quedaba. Como no pude hacerme con combustible aeroespacial decidí, sabiamente, adquirir trescientos kilos de petardos infantiles, que con paciencia logre convertir en una cantidad aproximada a 250 kg de pólvora. La junté toda en un gran tubo de cartón duro y la prensé, dejando un pequeño hueco para la mecha y otro para la salida de gases propulsores, tal y como había visto en un documental de Benny Hill. Como carecía de medios económicos e inteligencia para realizar un panel de control, dejé al destino la fecha del futuro en la que aparecería. Me preparé un sándwich de atún ya que desde lo de la albóndiga no había vuelto a probar la carne, mi mochila pÁngala que es mi posesión más preciada, y me dispuse a llevar el vehículo/máquina del tiempo al solar más largo que conocía. Despejé con una azada las hierbas y piedras de una gran línea recta y coloqué a Cronos, que así es como bauticé a la máquina, en posición de salida.

Una vez lo tuve todo preparado, le conferí el honor a Cerebro de encender la mecha. Tras unos segundos de tensa expectación una luz blanca cegadora me envolvió…

Aparecí acostado en una sala de color blanco, a la persona que estaba a los pies de mi cama le pregunte la fecha y tras un rápido cálculo mental en el que apenas tuve que utilizar los dedos, descubrí que lo había conseguido. Habían pasado cerca de cuatro meses desde mi salida. Cuando eufórico fui a levantarme me contuvieron alegando no sé qué de “todos los huesos rotos”. Más tarde me explicaron que la explosión se había escuchado en media ciudad y que no había viajado al futuro sino que estuve en estado de coma.

Ahora, desde la distancia que da el tiempo transcurrido, puedo decir que al menos, ocurrió algo positivo. Debido a la explosión y tras el coma pertinente, Cerebro recupero el habla, por lo menos lo suficiente para mandarme a la mierda…