Cada vez que salgo de visitar a  Endongo del presidio donde está internado me invade una curiosa sensación de felicidad que mi amigo me contagia. Periódicamente le visito y le llevo arcilla de la mejor calidad. La prisión es algo aterrador, pero cuando has pasado casi toda tu vida en ella puede llegar a ser un hogar, y además uno bueno, o eso al menos es lo que dice mi amigo, siempre con una sonrisa en la boca y vestido de karateka con cinturón marrón, de los de cuero, con agujeros y hebilla.

Lo conocí en la infancia. Nos criamos en un entorno muy duro (ver episodio uno) y como Endonguete era el muchacho más fuerte del grupo, lo captaron las mafias que se dedicaban a organizar y amañar combates de boxeo. Aunque resultaba vencedor en mayoría de sus enfrentamientos no era raro verlo sin alguno de sus dientes. Como éramos muy pobres, él rellenaba los huecos que le quedaban en la boca con nuevas piezas dentales que confeccionábamos, entre risas, con barro y que secábamos al Sol. No eran muy sólidos y había que reponerlos cada dos por tres, por lo que Endongo siempre llevaba montones de repuestos en el bolsillo de sus raídos pantalones. Los dientes, también servían para escribir, a modo de grafiti en las paredes mensajes o reivindicaciones sociales que en aquella época nos parecían super profundos como “En esta vida tan mísera y tan bruta, unos son hijos de Dios y otros hijos de p**a” o “No te digo ná y te lo digo tó”

Recuerdo que a Endongo, el uso continuado de dientes de barro le ocasionó varios problemas. Uno de ellos era el estético, en cuanto el diente se reblandecía como consecuencia de haber ingerido algo de comida o bebida, parecía que había mordido un excremento de perro, y como Endongo se reía mucho, aquello le daba una apariencia de psicópata asesino que le hacía perder muchos enteros a la hora de relacionarse. Otro de los efectos negativos se produjo cuando ya en la cárcel, el dentista le arreglo la dentadura. Tras años de comer con los viejos dientes que añadían sabor a lo que ingería, los alimentos ya no le sabían igual, por lo que era frecuente verlo mezclar bolitas de barro con la comida. Realmente se convirtió en un sibarita del barro y por el aroma, color y gusto, sabia diferenciar entre tipos de barro e incluso llegaba a dar su procedencia geográfica, hasta tal punto que conozco gente que dice haberlo visto salivar al observar en carreteras forestales un charco.

Aunque, sin duda, el mayor problema ocasionado por el barro fue la enfermedad que sufrió por su causa, la Endongosis, llamada así en su honor por ser el primer y único paciente en padecerla. Esta rarísima enfermedad le hacía sangrar los ojos y le provocaba ataques con convulsiones y espasmos, lo que no le fue mal para que le diesen aquel pequeño papel de zombi en la película de ultra reducido presupuesto “Tu no pasas que llevas zapatillas y eres un zombi”, que aunque se estrenó directamente en videoclubs, con el paso del tiempo se convirtió en un referente en cuanto a películas más malas que la tos, y sirvió para que el director iniciase una larga carrera llena de éxitos aunque en otro sector, concretamente como vendedor de fichas de coches de choque en una atracción de feria.

Como secuela más importante, de la Endongosis o enfermedad del Golem le quedó una pequeña cojera que le obligaba a arrastrar un poco, casi imperceptiblemente la pierna derecha. Como Endongo tenía la pierna izquierda nueve centímetros más larga que la otra, el resultado final era una especie de bamboleo al andar que se asemejaba mucho a lo que la gente llama “hacer el robot”, y que le supuso entre los colegas el sobrenombre de Endongcyborg Dann, por su parecido físico a Georgie Dann aunque Endongo es negro, tiene el pelo que parece la alcachofa de un micrófono y siempre va vestido con kimonos al estilo tradicional japonés aunque comprados en los chinos y confeccionados por niños taiwaneses en Singapur y traídos vía Bangladesh.

Endongo siempre andaba envuelto en problemas, y pasaba pequeñas temporadas en la cárcel. Casi siempre era por malentendidos, como aquella vez que le acusaron de robar un Rolex de oro y diamantes. Doy fe de que Endongo entendió que el pesado del dependiente que insistentemente se lo ofrecía, estaba regalándoselo. Al principio no quiso aceptar un regalo tan caro, pero ante tanta insistencia termino por aceptarlo…

Mucha gente que lo conoce lo llama “el monstruo del barro”. A fuerza de hacerse dientes, desarrolló una estrecha relación con ese material. Siempre andaba haciendo esculturas que olían a hoguera porque las secaba a lo rústico, con fuego y brasas, nada de horno. Como obras de arte eran una porquería, pero se las compraban en los restaurantes de kebabs porque según decían,  potenciaban el aroma a leña. También decía que usaba el barro como medicina. Untaba a los clientes y les mejoraba el reuma o hidrataba su piel, pero un día en el campo a un amigo le picó una serpiente y a Endongo no se le ocurrió otra cosa que embadurnar con barro al sujeto. Cuando acudieron los forenses le dijeron que el no haberle extraído el veneno había sido un grave error, pero que el hecho de no haberle dejado los agujeros de la nariz para respirar, había sido definitivo. Esa, fue la condena más amarga de Endongo y al ser la más larga, empezó a ver la vida desde el lado del presidiario. Como es muy buena persona, sus compañeros  y funcionarios lo aprecian mucho y poco a poco la cárcel se ha convertido en su hogar. Un sitio donde lo tiene todo y sin gran esfuerzo, por eso cada vez que sale, hace todo lo posible por volver a entrar, eso sí, sin perjudicar a nadie…