El viaje transcurría tranquilamente. Esa noche se iba a celebrar la primera fiesta en el barco en la que mis camaradas del grupo de animación pensábamos darlo todo. Mi especialidad eran las baladas románticas. Solamente debía cantar tres temas y acompañar a los bailarines en otros tres temitas más. Una hora más tarde tendría que aparecer en el escenario junto al Gran Garretty, el mago del show, y ayudarle a sujetar unos objetos. Con eso finalizaba mi jornada laboral y podía dedicarme a disfrutar del crucero. Durante el trayecto me había cruzado con uno de los artistas más admirados del panorama musical actual, Pitingo. Le manifesté mi admiración y le dije de pasada, ya que me invadía la vergüenza, que le dedicaría una canción de las de su repertorio. Se despidió amablemente, y dándome las gracias me prometió no perderse el espectáculo. Cuando llegó el momento de la actuación dedicada me encontraba bastante nervioso, pero estaba decidido a triunfar cantando “Killing me softly” al estilo Pitingo. Además, pensé en teatralizar la actuación representando una historia, y como había oído que entre los asistentes había un grupo de sordomudos, decidí aprender lo suficiente del lenguaje de signos para poder comunicarles la letra de la canción durante la representación. Nada más empezar a cantar y actuar, noté que se hacia el silencio en el gran salón. Observé como Pitingo se restregaba los ojos y eso me envalentonó. Observando su emoción me vine arriba y empecé a cantar con más sentimiento aún. Los del cuadro flamenco que me acompañaban dejaron de tocar, pero yo seguí “a capella”. Pitingo seguía manipulándose los ojos y fue entonces, cuando vi que le sangraban, cuando intuí que algo no iba bien, me pareció que estaba tratando de arrancárselos. Justo antes del estribillo final una horda de espectadores se levantó de sus asientos y me llevó en volandas hasta cubierta, desde donde sin ningún tipo de miramiento y jaleados incluso por el cuadro flamenco, me lanzaron por la borda.

Amanecí tendido en la playa de una pequeña isla. Desde una duna a la que me encaramé, logré divisar a poca distancia otra islita que aunque parecía vacía disponía de un embarcadero en buenas condiciones. Además parecía verse incluso depósitos grandes de combustible, esto me tranquilizo ya que era garantía de que de vez en cuando atracaban barcos que iban a ser mi salvación. Después de comprobar que mi pequeña isla estaba desierta, decidí nadar hasta la otra y comprobé que tampoco había nadie. Explorando la zona del embarcadero, descubrí una caseta que estaba llena de comida enlatada y bebidas de todo tipo. Tranquilizado en cuanto a la subsistencia, al menos de momento, comencé a pasear por la pequeña isla y descubrí árboles frutales y un pequeño rio de agua fresca, limpia y con gas. Mi suerte mejoraba por momentos, así que decidí inspeccionar el territorio un poco más a fondo. Justo en el centro geográfico, había una pequeña jungla.

Pasaban los días y me descubrí feliz y contento de estar allí. Es verdad que hacia un poco de aire huracanado que me llevaba a ver, de vez en cuando, a árboles, animales y objetos volando. Cuando digo animales me refiero a un mono y cuando digo objetos me refiero a una cómoda estilo Luis XV. Viendo la dirección desde la que venía el mueble, me percaté de que había en la zona de la jungla un montículo que no parecía natural. Estaba oculto tras gruesas lianas y abundante vegetación en la que predominaban las chumberas de una altura cercana a la de las pelotas, lo que la hacía prácticamente inaccesible. Tras unos días de duro trabajo conseguí llegar al montículo y descubrí junto a lo que parecía una pared artificial, una puerta.

Estaba en bastante mal estado y cuando intenté abrirla comprobé que el pomo giraba pero que estaba atrancada. Años de intemperie habían hinchado la madera, impidiendo su apertura. Con mucho esfuerzo conseguí romperla y finalmente abrirla. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que tras la puerta había otra puerta. Esta estaba hecha también de madera pero se encontraba en bastante buen estado. Gire el pomo y la puerta se abrió, dejando ver otra puerta. Aquello empezaba a ser algo muy misterioso. ¿Dónde me llevarían aquellas puertas? ¿Qué guardaban? ¿Sería un tesoro? Me percaté de que las puertas se podían abrir desde fuera, pero desde dentro no disponían de mecanismo de apertura. Me extrañó mucho y me llevo a reflexionar acerca de que si no sujetaba las puertas con algo pesado, si se cerraban, no podría abrirlas desde dentro y me quedaría encerrado. Dejé mi curiosidad de lado momentáneamente y dediqué un buen rato a asegurarme, colocando grandes piedras, de que ninguna puerta se cerraría tras mi paso. Después de garantizar mi salida abrí la siguiente puerta y encontré otra, así hasta un total de siete misteriosas puertas. Cuando abrí la última, accedí a una inmensa sala abovedada e iluminada con antorchas en la que admiré todo tipo de comodidades. Evidentemente aquello era el hogar de alguien, pero no veía a ninguna persona y además, si no se podía salir, era obvio que el residente estaba encerrado. Seguí mirando y descubrí una chimenea encendida. Avancé durante un rato sigilosamente y accedí a otra sala aún mayor que parecía un invernadero, y entonces lo vi. Se trataba de un hombre mayor que se ocupaba en una especie de huerto. Cuando él me vio soltó las herramientas y vino corriendo a abrazarme. Empezó a hablarme de lo contento que estaba. Hablaba muy rápido y yo me alegré de que fuera pacífico y de por fin tener compañía. Me contó que lo habían encerrado allí sus compañeros de viaje hacía muchos años. Aquellos canallas lo habían dejado allí como castigo por algo que no me quiso contar. Durante días, Ozores, que así se llamaba, me contó su vida y milagros. La verdad es que no paraba de hablar ni durmiendo. Me despertaba al poco tiempo de haberme dormido para contarme cualquier cosa que le pasaba por la cabeza. Al principio pensaba que era debido al tiempo que llevaba encerrado en soledad, pero con el paso de las semanas, empecé a darme cuenta de por qué sus compañeros de travesía decidieron abandonarlo allí. Me seguía a todas partes hablándome sin parar, incluso cuando hacía mis necesidades. Hablaba de todo y muy rápidamente. Le pedí por favor que me dejase en paz, incluso llegué a amenazarle y no hubo manera. Me marché nadando a la otra isla y me siguió y mientras nadaba, y él seguía rajando y dándole a la lengua. Para no escucharlo probé todo lo que se me ocurrió, incluso me llené los oídos de arena y nada funcionó. No conseguía ni pensar. El único momento en el que no lo oía era cuando bebía y lo hacía por las noches y muy rápidamente. Fue justo en una de esas mini pausas cuando pensé en volver a encerrarlo. Aproveché un momento de descuido, cuando estaba cogiendo tomates del huerto, para salir corriendo y cerrar la primera puerta. Mientras seguía cerrando las siguientes, lo continuaba oyendo gritar. Cuando cerré la última, corrí hasta el embarcadero y me tumbé.

Aunque era imposible oírlo mi mente se negaba a dejar de escuchar su cháchara. Tardé semanas en apaciguar mi cerebro. Al poco tiempo llegó un barco que me recogió. Dudé durante un instante si comunicarle al capitán que había otro habitante en la isla, pero al final decidí no hacerlo. A fin de cuentas aquel tipo era un arma de destrucción masiva capaz de destrozar un país en un periquete y no estaba dispuesto a ser yo el que liberase a aquel jinete del apocalipsis de nuevo en un barco…