Estaba muy nervioso. Seguro que me lo preguntaban. Había decidido no mentir aunque me costase el no conseguir el trabajo, pero finalmente nadie me hizo la pregunta que me atemorizaba y que no era otra que ¿sabes nadar? La respuesta era no. y tras muchos nervios conseguí el ansiado puesto como “vigilante de la playa”. Ser socorrista no era algo que me atrajese especialmente, pero necesitaba la pasta desesperadamente para poder hacerme cargo de las letras de mi recién adquirido mini coche. Se trataba de uno de esos coches sin carnet. Por aquellos años aún no tenía permiso de conducir, pero me hacía mucha ilusión llevar algo con volante. Era muy pequeñito y la chapa era muy finita, tanto que aunque era un dos plazas, si le daba mucho el sol se dilataba y cabía una persona más. No me importaba que el resto de automovilistas se rieran de mi chiquitín. Aquel era mi espacio y me proporcionaba grandes alegrías. Lo mejor era que conseguí un radiocasete estupendo, que soldé al chasis para evitar que me lo robasen.

Recuerdo que cuando me dieron fecha para incorporarme al trabajo me puse muy nervioso. Como aun no era pleno verano, aunque ya hacía mucho calor, confiaba en que dispondría al menos unas semanas para aprender a nadar, además, tenía pensadas unas cuantas tácticas para que no se me llenase la zona de bañistas incautos. Una de ellas era la de en las horas de máxima afluencia y por lo tanto mayor peligro de ahogamientos, colocar la bandera roja de prohibido bañarse alegando que había divisado una manada de tiburones sanguinarios. También me servirían medusas, orcas o contaminación de las aguas como excusa para cerrar la playa. Incluso en mis momentos de mayor temor pensé en realizar vertidos tóxicos para poder cerrar la playa. Finalmente llegó el temido día de mi incorporación al trabajo y no pudo empezar de peor manera. Llegué con mi cochecito a la zona de aparcamiento y me dispuse a llegar al puesto de vigilante, ataviado con mi bañador y una toalla. No pensé en el calzado y por eso fui sin chanclas. Al entrar en la arena, noté que estaba por así decirlo “calentita”, pero cuando me encontraba a mitad del camino, empecé a notar como me ardían los pies. Comencé a correr como si estuviese loco para evitar la muerte por quemadura salvaje, pero para mí desgracia el puesto quedaba muy lejos, y para cuando conseguí llegar, las bambollas producidas por el calor me llegaban casi a la ingle. Afortunadamente unos bañistas alcanzaron a verme y una ambulancia me transportó al hospital más cercano, donde tras hacerme unas fotos para el National Geographic, quedé ingresado en el pabellón de quemados, donde coincidí con Niki Lauda y con el cenicero de un bingo (telefonillo del Coloso en llamas).

Tras tres tristes semanas de baja estuve preparado para incorporarme al trabajo. Esta vez, estaba preparado. Calzaba unas chanclas de plataforma de 25 cm de alto que, seguro serian la envidia de alguna drag queen. La idea era permanecer lejos de la ardiente arena. Tras colocármelas, me dirigí a la torre de vigilancia con la seguridad y tranquilidad del que se siente protegido. Cuando llevaba un tercio del recorrido hecho, la combinación de las plataformas y un agujero en la arena, me hicieron perder el equilibrio y caí de mala manera desde las alturas, haciendo que mi columna vertebral crujiese más que un paquete de patatas fritas. Mientras caía solo pensaba en lo caliente que iba a estar la arena pero tras unos segundos de calor intenso, el suelo perdió su calor y se estaba hasta bien. Si no fuera porque tenía el cuerpo inmovilizado y un gran dolor en la espalda y en una muñeca, hubiese estado hasta a gustito. Como veía que no venía nadie a ayudarme, comencé a gritar pidiendo ayuda, pero nadie pareció escuchar mis chillidos. Al principio mi voz era potente, pero conforme fue pasando el día la fui perdiendo, al igual que las ganas de vivir. El Sol fue cebándose con mi piel y con mi carne. A las pocas horas de estar tumbado empecé a notar un olor que identifiqué inequívocamente como el de un bocata de panceta a la brasa, aunque al poco caí en que era yo  mismo el que emitía esa fragancia. Todavía no eran ni las doce y ya me había convertido en un chusco de carbón. Aunque pasé algo más de tiempo gritando, finalmente me desmayé.

Amanecí en la misma habitación de hospital donde había estado antes. Me dijeron que me habían encontrado, por casualidad, los del servicio de limpieza nocturno de las playas, no sin antes haber sido atropellado por el tractor que alisa la arena todas las noches. Tras escuchar el relato de como hicieron marcha atrás y adelante repetidas veces antes de darse cuenta de que el bulto era yo, agradecí mi rescate y me volví a desmayar.

Después de más de un mes de cuidados en el hospital, me encontré de nuevo en el aparcamiento de la playa. A lo lejos se divisaba la torre de vigilancia, mi objetivo. Hacía mucho calor. Sol, humedad y mucho viento, lo que hacía que afortunadamente no hubiese mucha gente. Lentamente me coloque unas deportivas rojas a juego con el bañador y para evitar cualquier quemadura, pues los médicos me habían dicho que los humanos solo podemos renovar la piel un numero finito de veces y yo debía estar al límite, me embadurné con  cerca de cinco kilos de crema solar factor Drácula. También monté una especie de carpa ligera para 100 personas que iba arrastrando a fin de huir del Sol. Eso me hacía avanzar lento pero seguro. El calor hacía que la crema chorrease derretida por encima del bañador, convirtiéndome en una masa pastosa, aunque protegida. Cuando me faltaban 100 metros para llegar, ocurrió lo inesperado, una fuerte ráfaga de viento me envolvió y la carpa potencio el efecto “huracán” antes de volarse. Cuando el torbellino cesó, me había convertido en el hombre croqueta. Todo mi cuerpo estaba cubierto por arena que junto a la crema me hacía parecer un monstruo rebozado. A duras penas conseguí llegar hasta el puesto de socorro ya que la pasta había empezado a solidificarse, además tuve que sortear los disparos de algunos pescadores con arpón me dedicaron seguramente pensando que la caza de aliens también entraba dentro de sus licencias. Tras explicarle al de la Cruz Roja con el lenguaje de signos conocido como “alzamiento de cejas” lo que me había ocurrido, me trasladaron con una ambulancia al hospital de siempre. Allí, tras varias semanas de uso intensivo de decapantes químicos y radial, consiguieron recuperarme para la sociedad.