El dueño del negocio, el Sr. 작은 마놀로, o Manolín que es como le gustaba que le llamasen, se hizo famoso hace años por haber conseguido escapar de su natal Corea del Norte, auto enviándose por correo postal como una especie protegida de lagarto al zoológico de la ciudad. Tras conseguir los papeles como refugiado y especie protegida en peligro de extinción, decidió instalarse en mi barrio y montar su pequeña tienda.  Al comercio lo llamó Ikeabordo, y consistía en una tienda mixta en la que vendía muebles para montar y alimentos congelados simultáneamente. Gracias a mi compra consistente en una mesilla de noche y una bolsa de gambas peladas, conseguí el premio que sorteaban consistente en un viaje a Corea del Sur. Lamentablemente, aunque me atraía mucho la idea de viajar, no disponía de fondos para mantenerme allí ni siquiera durante unos días, así que acudí a la tienda y se lo explique claramente a Manolín. La conversación fue a base de gestos, dibujos y sonidos guturales como los que hacen en las películas de karate, ya en Ikeabordo el español brillaba por su ausencia. Comprendiendo mi situación, me entregó un sobre, una bolsa con una especie de bollycaos rellenos de Gula del Norte, una lamparita de sobremesa hecha con un botellín de cerveza y algo de dinero en moneda coreana. También me instó a que visitase a unos amigos suyos en un pueblo cercano a Seúl. Me pidió que les entregase el sobre, que contenía una etiqueta de Anís del Mono, y que a cambio me proporcionarían algún pequeño trabajo con el que ganar algo de dinero y poder así hacer un poco de turismo. Acordamos la fecha de salida de mi viaje y dejamos abierta la vuelta para cuando se me antojase o se me acabase el dinero, o eso creí entender.

Una vez estuve en el domicilio de los가르시아 y ya más tranquilo, me informaron de que eran propietarios de un antiguo cine, transformado en teatro, en el que se representaban obras de kabuki, el reconocido teatro del vecino Japón  en el que todos los papeles están representados por hombres, incluso los femeninos. Me ofrecieron trabajar como figurante, obviamente sin dialogo y comenzaría esa misma noche. Acepté de inmediato.

He de reconocer que no entendía nada de la obra, pero parecía muy bonita, aunque no alcanzaba a comprender  qué pintaban en una representación ambientada en el siglo XVI unas naves espaciales y una Thermomix. Lo que me llamó mucho la atención era que los personajes no hablaban o bailaban hasta que no los resaltaban a base de iluminarlos, lo que hacía que cada uno supiese cuando le llegaba el momento de actuar. Yo me encontraba vestido de mujer nipona con un abanico en la mano, en la parte izquierda del escenario, lejos de donde se desarrollaba la acción y separado del resto de actores, pero debido a lo que después se destapó como un accidente, el más potente de los focos me apunto directamente. Tras unos segundos de indecisión y nerviosismo extremo, solo se me ocurrió, probablemente motivado por el vestuario, arrancarme a cantar el “Se me enamora el alma” de la Pantoja, así, sin música ni nada, a pulmón. Una vez había comenzado, caí en que no me sabía la canción completa, así que metí unas estrofas del “Libre” de Nino Bravo pensando en que nadie lo iba a notar, y así fue. Cuando acabé la canción, hubo un momento de silencio, y después  todo el público se puso en pie y comenzaron a lanzarme monedas con el aparente animo de desgraciarme, así que me puse a esquivarlas como buenamente pude, corriendo de un lado a otro. Tras unos inacabables minutos de bombardeo, finalmente se marcharon todos del teatro, dejándome tirado en el escenario y semienterrado en monedas.

Contrariamente a lo que yo pensaba, cuando llegaron a socorrerme los propietarios, estaban exultantes de alegría. Al parecer esa lluvia de monedas era la máxima expresión del triunfo escénico en aquellas latitudes. Me explicaron que el encargado del foco se había distraído  observando cómo alguien del público se comía un bocata de panceta y accidentalmente me había enfocado a mí, provocando mi magnifica reacción. Aquella noche lo celebramos a base de bien, cenándonos opíparamente algún tipo de animal que en Europa tendría nombre de mascota.

Las siguientes noches  también fueron triunfales. Me anunciaban como “La tonadillera musculosa” y el teatro se llenaba para oírme cantar. Yo me deslizaba grácilmente entre los grandes temas de las folclóricas y puedo asegurar que vi a ancianos llorar de emoción con mi interpretación de 파도처럼, amén de recibir al cantar el “Como yo te amo”, algún que otro calzoncillazo.

Mi satisfacción era casi tan grande como los hematomas que me dejaban los lanzamientos de calderilla. Una noche incluso, un fan casi me revienta a patadas, cosa que al parecer era lo más grande en cuanto a reconocimiento artístico. Me recordó el salvajismo de las fiestas en algunos pueblos de España, cuando los mozos deciden que al cantante de la orquesta hay que atarlo al pilón de la plaza.

Tras dos semanas de enorme éxito, decidí regresar a España porque el problema de los moratones empezaba a agravarse y amenazaba con llegar a provocarme un coágulo sanguíneo, además, cuando vi que a un compañero que le habían reventado un huevo de un monedazo lo intentaban curar a base de infusiones de escroto lagartijero, ni me lo pensé…