¡Qué emoción y qué gran sorpresa!, acababa de recibir por correo una invitación del Circulo Literario para asistir a la presentación del último libro de mi autora favorita, J.K. Bowlings. El viernes por la noche, Bowlins presentaba su nueva creación, “Cherry Tupper y la quema del rastrojo”. Se trataba del tercer libro de la saga que había comenzado con “Cherry Tupper y el clan del mendrugo mugriento sitian al meteorólogo” y continuado con “Cherry Tupper y los disc-jockeys armenios contra los tramoyistas”. Como los dos anteriores libros eran fantásticos, se esperaba lo mejor de esta tercera entrega de las aventuras del niño chamán de la cicatriz en la frente en forma de tripi, y de su archienemigo VollDam-more.

Pasé el resto de la semana pensando qué podía preguntarle a Jacinta. Quería saber lo que significaba la K. de su nombre, que era un tanatopractor y que ropa ponerme para el evento. No podía ir ni muy elegante ni absolutamente de sport, así que, una vez llegado el momento, me decanté por una mezcla de ambos estilos, es decir, una camisa sport y un pantalón clásico. La camisa elegida fue una de estilo hawaiano en colores purpura y oro, acompañada de un pantalón acampanado de tergal color carne con raya delante. Como calzado, opte por unas botas con enormes  tacones que me regaló al cambiarse de casa mi vecina la drag queen. Las botas eran de color fucsia con mucha purpurina, pero como el pantalón era tremendamente acampanado y me venía muy largo, casi no se veían y en cambio me hacían parecer altísimo.

Tardé bastante en vestirme por la dificultad de mantener el equilibrio con esas botas, y tampoco ayudó que el espejo fuese pequeño a la hora de comprobar mi pinta. Si me acercaba mucho a él, solo veía una pequeña porción de mi vestimenta, y si me alejaba lo suficiente para que se me viese entero, los prismáticos no daban de sí. Finalmente desistí de comprobar mi apariencia y me dirigí al majestuoso edificio del Circulo Literario. Nada más llegar tuve un pequeño percance subiendo las escaleras que daban acceso a la recepción. Un tacón se desprendió de la bota haciéndome caer rodando escaleras abajo. Es curioso, pero de ese incidente solo recuerdo el haber oído gritos de “sa matao”. Naturalmente, en cuanto recuperé la coordinación, me incorporé, y con toda la dignidad que pude comencé a subir nuevamente la escalera pero con un tacón de 15 cm de menos, parecía que sufriese cojera de grado extremo y lo peor estaba por venir… Al llegar arriba, un empleado, me requirió la invitación, y cuando orgulloso, se la entregué, me  hizo saber con exquisita educación que era falsa. Inmediatamente pensé en el Justino y en el Bronson, dos amiguetes míos especializados en gastar bromas así de pesadas. Imaginaos como se me quedo la cara, que el empleado viendo que me faltaba poco para echarme a llorar me dejo pasar. Rápidamente, (bueno, todo lo rápidamente que me permitía mi cojera) me dirigí a la puerta de entrada del salón de actos. Viendo mi discapacidad, los muy amables empleados del Circulo Literario procedieron a acomodarme en la zona reservada por su comodidad a las personas con problemas físicos. Así es como me vi subido a una tarima, sentado en una silla, y rodeado por todos los lados de personas en silla de ruedas.

Tras unos momentos de espera que aproveché para ayudar a una señora a hinchar las ruedas y engrasar unos ejes, apareció J.K. Bowlings. Estuvo maravillosa. Adelantó que en la nueva novela, Cherry Tupper iba finalmente a conseguir uno de sus grandes sueños, echarse un cantecito con Camarón, y también nos avanzó que estaba trabajando en una novela de terror en la que una máquina de coser es poseída por el espíritu de Bud Spencer y se lía a mamporros con todo el que la mira mal.

Al acabar la charla, nos dirigimos a la sala donde estaba preparado un pequeño tentempié y aunque me daba mucha vergüenza, me acerqué a la escritora y le pregunte por la K. de su nombre. Me contestó mirándome con ciertos problemas que Kortajarena, y fue ahí donde pude apreciar por primera vez su estrabismo, que años después, la llevo a coprotagonizar la serie policiaca de televisión “Bizcocho y Virulé, ándate con ojo”. Le comenté el gran momento literario que supuso y la emoción que me hizo sentir con el capítulo en el que Cherry Tupper se empeña en comprar una manzana de caramelo en la feria junto a la pista de los coches de choque y cuando la muerde está tan dura que se le parten dos dientes. Le expliqué que esa escena y en la que acaban todos juntos bailando “¿Qué hace aquí este yak?” son un referente en mi vida y ella absolutamente emocionada y con lágrimas en los ojos, me dijo que no recordaba haberlas escrito y se despidió de mí entregándome un cheque a nombre de la asociación “Amigos de los perjudicados y trastornados psíquicos cojos”

Aquella noche, una vez solo en mi cama y pensando acerca de la conversación mantenida, recordé que efectivamente, no había sido ella la que las había escrito, sino que habían aparecido en un anuncio de acondicionador de pelo protagonizado por Punset. Desgraciadamente ya era tarde para disculparme y además necesitaba ir al baño…