Me había enterado de la muerte de Rufo por una breve crónica en la sección de sucesos del periódico gratuito que circula por mi barrio, y cuya tirada es de más o menos cuatro ejemplares. Como estaba escrito en braille ya que lo editaba la Organización Local de Invidentes, me costó bastante descifrar aquel galimatías. La información era escasa, pero me llamo poderosamente la atención que la causa del deceso fuese por una carraspera.

¿Una carraspera? Vamos, ¿Quién se muere de una cosa así? Conocía a Rufo desde hacía años y estuve con él la tarde anterior a la noche en que falleció. Sabía que no tenía familia y que siempre andaba metido en líos de drogas y en bandas callejeras, pero de salud estaba perfectamente, al menos desde que utilizaba regularmente Hemoal.

Como la historia no me convenció me puse en contacto con el periodista, que no era otro que  el que vendía los cupones en la esquina del bar Barlovento. El bar, además era la sede de la Organización de Invidentes. Ya podéis imaginaros qué variedad de clientes tenía cuando os digo que no había ni luces en el local. Lo regentaba Feliciano, otro ciego que curiosamente echaba las cartas del Tarot en sus ratos libres, con lo que era según creo yo el primer vidente invidente de España sino del mundo.

Nada más presentarme, y para romper el hielo, les mencioné la ironía que suponía el nombre del bar, “Bar-lo-ven-tó” cuando realmente, “No-ven-ná”. No pareció hacerles gracia puesto que me echaron a los perros e intentaron partirme una silla en la espalda, cosa que no ocurrió porque no encontraron una silla, aunque pasaron cerca de una. Sin poder acudir a la fuente de la noticia, me dirigí a la policía para saber si ellos podían informarme de algo y lo que hicieron fue remitirme al forense.

Cuando me presenté ante él, fue muy amable y simpático, pero al preguntarle acerca de Rufo, noté como se tensó todo su cuerpo, hasta el punto de que pensé que no era normal que empezase a sangrarle la nariz y le flojeasen las piernas. Tras unos momentos en los que trató de recuperarse me confirmó que la causa de la muerte había sido una carraspera aguda y que no había resultado necesario realizarle la autopsia. Le pedí que me mostrase el cadáver y como escusa le dije que deseaba despedirme de mi buen amigo. Como no podía negarse pasamos a una sala y me mostró un cuerpo tendido cubierto con una toalla en la que podía leerse “I love Benidorm”. Le pregunte acerca de aquello y me respondió algo sobre de falta de medios. Le destapó la cara y vi unos ojos crispados que, no sé por qué me recordaron a Espinete. Le pedí unos segundos de intimidad y entonces retiré la toalla. Observé, espantado, no menos de seis puñaladas. Cuando regresó el forense le hice saber que había visto todos aquellos agujeros en el cuerpo de Rufo y que pensaba que no cuadraban con la versión “oficial”. Visiblemente alterado, me dijo que le acompañase y así lo hice. Salimos a un patio trasero y bajo la lluvia trató de convencerme de que realmente había sido la carraspera, que lo de los agujeros era porque al caer al suelo se había clavado unos hierros corrugados de esos que hay en las obras y que sirven para hacer una malla dentro del hormigón. Yo le chillé diciendo que no me lo creía y además le recordé el detalle de que en uno de los agujeros, todavía tenía clavado el puñal que no se habían molestado ni en sacárselo. En ese momento de la “charla”, le espeté que le iba a sacar toda la verdad a mamporros y justo cuando me abalancé sobre él, se abrió el cielo y cayo un rayo sobre nosotros.

Me desperté justo antes de que lo hiciese él, y creyendo que lo había noqueado de un tortazo brutal que casi lo revienta y que le hacía hormiguear todo el cuerpo, cantó antes de que le impactase otro tortazo mortal.

Todo había sido por culpa de uno de los chanchullos de Rufo. Al parecer debía mucho dinero a una banda, al igual que el forense, por temas de drogas, así que se lo habían cargado sin ningún escrúpulo. Le encomendaron al forense la tarea de tapar el asunto. Justo cuando nos disponíamos a ir a que confesase, apareció un tipo con pinta de gánster armado hasta los dientes que nos rodeó, o al menos así es como lo recuerdo. Sacó una pistola y apuntándonos preguntó qué estaba ocurriendo. El forense, con pánico en los ojos que me recordaron también a los de Espinete, balbuceó que no ocurría nada y yo entendí que aquel hombre era un sicario de la banda. Sacando toda la valentía de la que fui capaz y de la que aun hoy me asombro, grité que Rufo era amigo mío y su muerte no podía quedar así. Rápidamente y antes de que nadie pudiese hablar o disparar, añadí que si modificaban el acta de defunción y ponían que había muerto víctima de, por ejemplo, un fuerte ataque de tos, por mi todo quedaba arreglado. Nos miramos los tres, el forense asintió y el gánster sonrió. Tras unos segundos de tensión infinita, se marcharon. Yo me quedé esa noche ahí en el patio sin poder moverme, empapado por la lluvia. Al día siguiente acudí al entierro de Rufo que murió, el pobre, de una tos…