Siempre que me paro a recordar los años en los que trabajé en el circo, acabo encabronado cavilando acerca de la temporada en la que fui “El increíble Ovejaman”, uno de los más populares “Hombre Bala” de nuestros tiempos. Lo de Ovejaman fue por el pelazo que me gastaba, y que entre que las ovejas balan y que era el hombre bala…

Empecé sustituyendo al Sr. El Lili tras su jubilación. Llevaba años queriendo dejarlo por los problemas que le acarreaba el tener más de 90, pero su espíritu artístico le decía que no, eso y una hipoteca que le obligaba a cumplir al menos 98 para poder liquidarla. Al final su físico no aguantó, (se pilló un testículo con un resorte interior del cañón) y tuvo que dejarlo, el empleo y el testiculo. Sus últimas palabras al pasarme el testigo fueron “el acceso a la sala por parte de niños y las tarifas por tales visitas se aplicaran dependiendo de múltiples factores descritos en los estatutos vigentes”. No puedo decir que me ayudaran pero las guardo en mi memoria por si alguna vez me hacen falta.

Mis comienzos fueron muy duros. En el primer vuelo un mal ajuste por parte del técnico, acostumbrado al peso y características físicas del señor El Lili, me mandó fuera de la carpa y acabé cayendo en una montaña de heces que había dentro del recinto de los leones. Seguramente no me comieron por el asco que debí darles. Tras el susto se rehicieron los cálculos, y en la siguiente función tras el lanzamiento, me empotré en mitad de las gradas. Fue un auténtico éxito, la gente se partía de la risa. Un hombre dijo que aquella había sido la mejor pieza del espectáculo. Hablando de piezas, perdí dos incisivos en aquel accidente, y eso que caí de espaldas. El éxito me hizo olvidar rápidamente la parálisis del tren inferior que sufrí durante varias semanas.

Aunque era emocionante el trabajo, he de reconocer que pensé en dejarlo tras los dos primeros accidentes, pero el calor del público y el saber que antes de cada salto podía zamparme un bocata de panceta me hicieron apartar aquellos ilógicos pensamientos.

Tras recuperarme, hablé seriamente con el técnico de lanzamientos y tras insertarle una barra de acero candente por donde amargan los pepinos, accedió a dejar de beber, al menos mientras realizaba los cálculos para mis vuelos.

El problema que hubo en mi tercer salto, fue solo culpa mía. Como no acababa de fiarme de los datos de lanzamiento, me coloqué unas pesas de 75 kg dentro de los bolsillos, y al lanzarme alcancé una altura de 25 metros pero caí antes de llegar a la red. Una nueva parálisis me mantuvo en dique seco tres semanas.

En el cuarto salto ya había perdido las esperanzas de realizarlo correctamente. Esta vez fue el encargado de colocar la red donde debía caer el que la lió. Actuábamos en los terrenos de un acuario muy importante y aunque logré aterrizar en el lugar correcto, uno de los tensores se soltó y acabe dentro de la piscina de las orcas. Tuve suerte ya que un empleado, en un descuido, había caído esa misma mañana y las orcas ya no tenían hambre. Terminaron dándome coletazos brutales, sacándome por los aires como si fuese una foca hasta que se aburrieron.

Aunque la técnica del salto ya estaba lo bastante depurada, parece ser que se corrió la voz de que el espectáculo siempre acababa mal para mí, y eso hacía que en todas las funciones se colgase el cartel de “no hay billetes”. Como al empresario le iba muy bien, sospecho que fue él quien se encargó de sabotear todos los saltos de esa temporada. Cuando no era por una cosa, era por otra, pero el caso es que siempre acababa estampado, estrellado o en montañas de estiércol, estas últimas eran mis favoritas ya que al menos no acababa con conmoción cerebral y nadie me pedía un autógrafo.

 

Os preguntareis por que continuaba, y ahora que lo pienso creo que era debido principalmente a que esas mismas conmociones, me hacían olvidar los golpes del anterior vuelo. Después de muchos saltos, mi salud empezó a deteriorarse. Con los pocos dientes que me quedaban, ya no me era placentero lo del bocata de panceta. Decidí retirarme a tiempo, a fin de cuentas solo tenía que usar la silla de ruedas durante el día ya que, por la noche entre tres payasos me enderezaban sobre la cama y conseguía dormir durante algunas horas aunque atado, por lo de las convulsiones. Finalmente hablé con el propietario del circo y le expresé con dibujos en una pizarra ya que en el último salto me había partido las cuerdas vocales, mi decisión firme de marcharme. Él intentó disuadirme diciéndome que ya me habían comprado el nuevo traje para actuar. Me explicaba que era muy bonito y brillante y la verdad es que estuvo a punto de convencerme, pero yo, con lágrimas en los ojos debidas a una disfunción en los lagrimales provocada por un salto anterior con caída sobre un tendido eléctrico, le dibujé un rotundo “NO”, con una tiza de color rosa que lo hacía resaltar muchísimo. Aun así, accedí a un último salto de despedida que sería emitido por la televisión estatal. Pensé que al tratarse de una edición televisada, habiéndome convertido en una estrella y siendo mi último salto, tendrían la decencia de calculármelo bien. Perdí toda esperanza cuando les vi cargar el cañón y  el jefe de pista desalojo a todo el personal en un área de 50 metros. Cuando sonó la descarga, fue tremenda, atravesé sin problemas la carpa del circo y me desmayé, supongo que debido a la velocidad. Cuando desperté, aún estaba volando y fui a caer milagrosamente en una zona boscosa llena de árboles muy altos. Tarde cuatro días en conseguir bajarme de entre las copas y eso que el golpe me había arreglado la espalda, cuando llegué al pueblo más próximo ni siquiera hablaban nuestro idioma, así que no volví a acercarme al circo ni para recoger el finiquito, ¡que hijos de puta!