Erase una vez un pequeño pueblecito de mierda en el que nunca pasaba nada. En doscientos años, el mayor escándalo ocurrido fue cuando pillaron a Magnusen alumbrando el culo de la señorita Glamour con una linterna mientras se hurgaba el narigón. Así pues, no es de extrañar que cuando llegó Einn  con su furgoneta de afilador y se colocó en la plaza del pueblo, en medio de aquella tormenta eléctrica en la que los rayos pasaban rozándole y además no dejaban de saltar chispas de las muelas de afilar, la gente empezó a murmurar aterrada. Si a eso le sumamos que en la megafonía de la furgoneta sonaba como reclamo el disco del gran cantante José Ángel, con la canción “Madre, soy cristiano homosexual”    , se entiende perfectamente que lo detuviesen y lo “entrullaran” directamente.

La bronca fue mayúscula y de nada sirvieron las excusas tipo “soy un simple afilador ateo y heterosexual aunque algo asandokanao”, (por aquella época lucía una imagen un tanto asilvestrada, con el pelo largo y llevando siempre un poncho multicolor que le quedaba super ajustado porque originalmente era una prenda para perro) o “no me llevéis preso que me emociono mucho”. Como nada de esto funcionó, Einn empleo diversas técnicas, tales como hacerse, imitar a Börjk,  fingir una posesión diabólica o mostrar síntomas epilepsia. Estas “técnicas” no solo no funcionaron sino que resultaron tan creíbles que agravaron su situación en un pueblo de intolerantes. La cárcel, era como las de las películas del Oeste. Una pequeña casa con el despacho del alguacil, una mesa para el ayudante llena de huesos de níspero y dos celdas con camastros para los detenidos y espejos en el techo. Einn se pasó tres  horas intentando convencer al alguacil de que nunca fue su idea la de alterar el orden público ni la de ofender a nadie. También explicó que era heterosexual y que aunque no era cristiano, si creía en Dios aunque a su manera. Cuanto más se excusaba menos le creían y acabaron por ignorarlo, aunque si atendieron a su petición de un bocata de panceta para cenar. Poco a poco todos se durmieron menos Einn, que sumido en sus pensamientos que no eran otros que la angustia que le producía el excesivo precio de la fruta, le impedían hacerlo también. De pronto, escuchó que una voz le hablaba desde las rejas de la pequeña ventana junto a la pared. Cuando se asomó subiéndose a la cama, se encontró a un grupo de unas dos personas que le dijeron que pertenecían a una asociación secreta del pueblo llamada “Cristianos homosexuales y a mucha honra” y que iban a ayudarle a escapar si era verdad que era uno de ellos. Einn se esforzó durante cerca de dos horas tratando de convencerlos, en voz baja, de que era más cristiano que Juana de Arco y más gay que todos los Locomia juntos, y que además había acudido al pueblo para sacudir conciencias y ayudar a salir del armario a sus habitantes. Al final, convencidos, procedieron a arrancar los barrotes enganchándolos a una carroza principesca de ensueño que usaban para sus ceremonias secretas, eso sí, remolcada por un tractor diésel de 600 cv. Justo cuando estaba escapando el alguacil le atrapó por los tobillos y lo devolvió a la celda. Einn  llorando le dio las gracias, y mintiéndole, le explico que al parecer en el pueblo había una gran organización secreta de gays cristianos que se proponían secuestrarlo para utilizarlo de abanderado en las futuras revueltas que pensaban organizar en el pueblo. El alguacil estaba conmocionado con la información y decidió llamar al alcalde. Einn pensaba que la cosa ya no se podía complicar más, así que decidió abandonarse a su suerte y seguir inventando sobre la marcha. Cuando llegó el alcalde el alguacil le explico lo que ocurría y tras unos momentos de silencio en los que el alcalde parecía que se iba a desmayar, pidió hablar con Einn. Nuestro amigo  le contó que había oído hablar a los jóvenes acerca de la cerrazón del pueblo y de cómo se sentían. También le dijo al alcalde que eran muchos y que había también mujeres, y que muchos de ellos eran adultos e incluso ancianos y que había oído hablar de boicot a la alcaldía y petición de elecciones anticipadas. El alcalde palidecía a cada noticia inventada que Einn le contaba. Para cuando acabaron de hablar al alcalde se le veía notablemente afectado y aunque no liberó a Einn le prometió solucionar su caso al día siguiente.

A media mañana, llegaron noticias de que el alcalde había convocado una asamblea general en la plaza del pueblo invitando a todos los ciudadanos a participar esa misma tarde. Una hora antes de la citada asamblea, el alguacil liberó a Einn de su celda, le pidió disculpas por el trato recibido y le entrego, como compensación, un tubo de pasta de dientes. Einn, en lugar de marcharse decidió quedarse a ver qué es lo que iba a ocurrir. La plaza se llenó a la hora anunciada y cuando el alcalde empezó a hablar la gente no lo podía creer. Se declaró cristiano homosexual y habló de que en el pueblo existía mucha hipocresía ya que muchos tenían sentimientos afines. El discurso posterior fue muy emotivo y hermoso. Durante un instante pareció que el pueblo se unía en sentimientos de paz y amor, pero en cuanto empezaron a llover piedras, tomates y demás hortalizas la sensación desapareció.  Ataron al alcalde al pilón y se fueron todos a los bares a celebrarlo. Einn por su parte se subió a la furgoneta y teniendo mucho cuidado, cambio el cd de la megafonía. Esta vez puso el “No me gusta que a los toros te pongas la minifalda” de Manolo Escobar a todo volumen. Arrancó y se marchó a otro pueblo pensando en lo que le depararía el destino…