Soy un ventrílocuo muy especial. Seguro que estáis pensando que todos dicen lo mismo, pero en mi caso es verdad. ¿Por qué?, pues por que la gente piensa que soy mudo. Me explicaré. Hace algún tiempo estaba verdaderamente necesitado de dinero, y como no hallaba la manera de conseguirlo, decidí apuntarme a un concurso patrocinado por empresa envasadora de dátiles. Se trataba de competir contra un montón de personas en una variante “callejera” del famoso juego Enredos/Twister, (el de los puntos de colores en el suelo y las posturitas). Para poder conseguirlo, me apunté a un curso gratuito del ayuntamiento que llevaba por título  “Flexibilidad para viejunos: como enderezar la espalda sin echarse al suelo”. Después de dos semanas de preparación a ritmo de anciano en el que llegamos a acabar un ejercicio, me presenté al concurso y durante las tres primeras fases todo fue bien. A la final llegamos cuatro personas y cuando llevábamos cerca de una hora compitiendo llego el accidente. Me tocaba poner uno de los pies en el círculo rojo y cuando intenté girarme sobre mí mismo me dio el tirón más grande que jamás le haya dado a un ser humano (tengo un certificado del Libro de los Records que así lo atestigua). Lamentablemente, con la conmoción, perdí el habla y no pude quejarme a nadie, con lo que los demás creyeron que me daba por vencido y siguieron jugando. No fue hasta después de la entrega de premios que alguien se me acercó, probablemente para atracarme, pero viendo que de mis ojos brotaba una lágrima y calculando que llevaba tirado ahí aproximadamente tres horas, (por los residuos que el viento había traído hasta mis costados) decidió atenderme y llamar a una ambulancia. Una vez en el hospital se dieron cuenta de que además del habla, había perdido la movilidad de los músculos faciales, y con ello la capacidad de gesticular. Por si fuera poco fueron necesarios tres tíos para descontorsionarme la espalda, y aunque me hicieron más daño que El príncipe Gitano al In the Guetto, no pude ni pestañear para pedir socorro. Los médicos dijeron que la recuperación total sería posible, pero a muy largo plazo. Después de meses de duro esfuerzo conseguí parpadear y sonreír parcialmente, como si fuese un robot, y también logré volver a hablar, aunque sin poder abrir la boca. La voz que emitía sonaba con un tono infantil que comparándola con mi aspecto y con la imposibilidad de abrir la boca aterrorizaba a cualquiera que no tuviese un cuarto dan de judo. En el hospital me aseguraron que recuperaría mi estado anterior, pero como ya no podían hacer nada más por mí, me invitaron a marcharme y como en principio me negué, me regalaron unas sesiones de electroshock que me dejaron como secuela un tic en un ojo y una hemorroide.

Tras dos días pensando que hacer con mi vida sentado en un banco de la estación de trenes, decidí que lo único que podía hacer para ganarme la vida con mis nuevas aptitudes era hacerme pasar por ventrílocuo. Tendría que ser algo raruno, ya que solo tendría voz el muñeco con lo que yo no le podría dar conversación, es decir, yo movería el muñeco y el hablaría interactuando con el público. Dicho y hecho, ahora solo me faltaba el muñeco. Me dirigí a la única carpintería que conocía y le conté lo que me había pasado y mis planes al carpintero, que tras descojonarse de mi voz al ver que no podía abrir la boca, decidió que aunque no era un artesano me haría un muñeco aprovechando los materiales sobrantes de lo que estaba haciendo en ese momento. Me dijo que regresase en un par de horas, y cuando lo hice, quede maravillado. El tío había conseguido en solo dos horas hacerme un enorme engendro diabólico. Un enorme pedazo de mierda. Una guitarra mal hecha era el cuerpo, la cabeza era un viejo y deshinchado balón de fútbol con maderitas clavadas formando los ojos, cejas, nariz y boca que se podían mover usando un sistema de cuerdas que había por detrás. Para las orejas utilizó un pomo de puerta y una tapa de Cola Cao y para el pelo una fregona clavada y por si fuera poco, no tenía brazos y tampoco giraba la cabeza. Era una mezcla de la bruja Avería, Chucky y el Pozí. Algo espeluznante. Le di las gracias porque en mi estado no podía partirle las piernas y me marché. Pasé la noche en la estación, llorando y asustado, sobre todo cuando miraba al muñeco. Por la mañana me dirigí hacia un contenedor de ropa usada, y haciendo auténticos malabares conseguí algo de vestuario para Sandokan. Le llamé así porque como se le veía la parte plástica de color rojo de la fregona le tuve que poner una especie de  turbante que se la tapase. Al final la vestimenta consistió en turbante hecho con una bufanda deportiva con el escudo del equipo de futbol en la zona de la frente, una especie de poncho hecho de bolas de fieltro, un cinturón amarillo de karateka, y una capa de tuno con el logotipo de una famosa marca de atún bordado ocupando toda la espalda. Cuando por fin acabé de vestirlo, lo apoyé en un banco y di unos cuantos pasos hacia atrás para poder verlo con perspectiva. Sinceramente no sé lo que me impulso a volver a por él. Desesperado me senté junto a él y comencé a lamentarme en voz alta de mi situación mientras manipulaba el muñeco. De repente, el milagro. La gente empezó a dejarme dinero como si se tratase de un espectáculo callejero. Yo, aunque muy sorprendido, no podía dejar de hablar por temor a perder a aquel público, pero como tampoco podía darles las gracias en mi nombre me limitaba a asentir con la cabeza y a seguir moviendo la boca de Sandokan. Fue una locura, la gente se arremolinaba junto al banco y no paraban de reír. Esa noche, pude pagar un hostal donde dormir y la cama me pareció la mejor del mundo, me gusto hasta ver la tele en recepción y eso que la única emisora que había era una extranjera, una tal Al Jazeera.

Durante meses me fue muy bien, aunque ahora me angustiaba la idea de que en algún momento recuperaría la expresividad de la cara y también mi autentica voz con lo que necesitaría que cambiar el espectáculo. Así fue como decidí que cuando todo eso ocurriese plantearía el show como si Sandokan fuese el ventrílocuo y yo el muñeco…