Episodio  8:

Einn y el mago Hopupotzky

 

En el primer rato libre del que dispuse, cuando acabé mi jornada laboral en la feria, decidí entrar en la caseta del adivino echador de cartas. Según había oído a compañeros feriantes y publico del que paseaba por la feria, era muy bueno augurando el futuro, y al parecer te indicaba también tu estado en el presente y cuál había sido tu pasado. Así que con muchas ganas de conocer cuál sería mí, sin duda, deslumbrante futuro, me puse en cola de su carromato/tienda.

Nada más entrar me reconoció como “el de los ponis” y me vaticinó que no podría pagarle al contado. Enseñándole mi billete de 5 euros le comente que mal empezábamos los pronósticos, a lo que él me respondió que la “consulta” eran 50. Puse mi cara de mecagüen, pero como era adivino, me dijo que sabía que no tenía un duro y que ya arreglaríamos la forma de pago.

Me senté frente a él en una mesa redonda y saco un mazo de cartas, me las dio y me dijo que las barajase, y que se las devolviese. Extendió las seis primeras cartas del tarot sobre la mesa y les fue dando la vuelta. Cuando llevaba dos giradas vi como empezaban a caerle lágrimas y me indico, casi sin voz, que la consulta me la regalaba, lo cual me alegró. Tras la tercera carta un ojo empezó a parpadear compulsivamente y cuando giró la que hacía cuatro ya estaba claramente llorando, cosa que ya comenzó a preocuparme un poquito. Al levantar la quinta carta empezó a mesarse los cabellos como si estuviera un poquito locatis, y no dejaba de mirar alternativamente a las cartas y a mí sin parar de llorar tipo soponcio. Mi preocupación iba en aumento aunque de momento no se me caíael cabello. Me di cuenta de que parecía no atreverse a girar la sexta carta ya que lo intentaba pero no acababa de levantarla, así que me arme de valor y le dije, “venga, levántala que hasta ahora no va mal del todo, ¿no?. El me miró como si fuese su hijo y me dijo:

 “A euro el bragueriooo. A eurooo. Vamos nena que lo traigo freso y se me lo llevan de las maaanoss”

 Perdona,

le dije yo.

No entiendo que es lo que quieres decir.

Me dijo que lo sentía, que había tenido un lapsus de cuando trabajaba en los mercados y que realmente había querido decir, “Joderrr, que marcha llevamos” y que sí, que ahora levantaba la última carta. Nada más hacerlo escuche un fuerte ruido, le pregunte que había sido y me confesó que unas partes de su cuerpo se le habían caído al suelo de la impresión.

Con el destino ya marcado por el tarot y viendo que el mago Hopupotzky*, que así era como se llamaba, no paraba de llorar y de dar vueltas tirándose al suelo y rasgándose la túnica, decidí preguntarle algunas cosas que me tenían un pelín mosca. Como es obvio comencé por la que más me preocupaba. Sin perder la compostura, y con una amplia sonrisa que al reflejar la luz de las velas en mi diente de oro le obligó a cerrar los ojos, le espeté.

¿Voy a morir antes de salir de esta tienda/carromato?.

Levantándose del suelo y enjugándose las lágrimas Hopupotzky, dijo.

Ojala. Aun te han de caer muchos rayos y has de pasar grandes penalidades que harían palidecer al “Pupas”. También te encontraras en medio de grandes calamidades internacionales y pasaras grandes infortunios y adversidades que te costaran mucho esfuerzo y energías y que finalmente…

Viendo el panorama, y que realmente no iba al grano, le pregunté por un buen seguro de accidentes y continúe con un,

¿de salud, qué?

A lo que visiblemente aliviado me respondió que aparte de unos problemas de piel y una enfermedad rara por la cual National Geographic me dedicaría varias portadas, todo ok.

Ya más tranquilo, viendo las vaguedades con las que se expresaba el mago le pregunté si llegaría algún día a casarme y tener descendencia, a lo que me respondió, riéndose, (le seguían cayendo lágrimas, ahora de risa) que con una mujer, no.

Aliviado, me dirigí a la salida y decidí seguir con mi paseo por la feria y parar en el puesto de algodón de azúcar. El chaval que lo atendía era un recién contratado y después de presentarnos le pedí un algodón de tamaño grande. Parece ser que nadie le había explicado como apagar la máquina, por lo que tuve que esperar hasta que cortaron la luz a las tres de la madrugada para irme a dormir con mi algodón de azúcar que finalmente peso 36 kilos, y que fue la primera de mis portadas en el Reader’s Digest

 

* Hopupotzky: Nombre de uno de los protagonistas, también mago, del libro “El misterio del gato anaranjado de Z. K. Slabý”, que me trajeron los Reyes Magos, cuando era pequeño, en casa de mi abuelita Vicenta.