La primera vez que escuché la palabra Vegano, pensé que el que lo había dicho quería decir “verano” pero que tenía un problema en el paladar. Tras comentárselo a un amigo, me aclaró que aquella persona había dicho “Vegano” y me explicó lo que significaba. Cuando me dijo que los veganos están en contra de la experimentación de medicamentos con animales una luz se encendió en mi cerebro. Me presenté en unos laboratorios y les expuse mi deseo de trabajar con ellos como cobaya humana. Primero necesitaban testear mi estado de salud así que me tomaron la temperatura y me dieron un tochazo de folios impresos y un boli para que los firmara. Pensé que aquello formaba parte del test de salud porque la letra era tan pequeña que me sangraban los ojos del esfuerzo para leerla, y cuando acabé de firmar había gastado 3 bolígrafos y tenía la muñeca hecha polvo. Quedamos en que me presentaría al día siguiente en sus instalaciones en ayunas. Como por aquella época mi léxico no era tan extenso como ahora me zampé un bocata de panceta para desayunar. Después me puse unos bermudas y una camiseta sin mangas pero con hombreras que es lo que yo creía que me habían pedido y me presenté en el laboratorio. Nada más llegar me hicieron sentarme en una especie de sillón/camilla y me preguntaron si estaba en ayunas. Les respondí que por supuesto, (como no se habían dado cuenta, si era evidente) y me dieron una pastilla de color naranja, un vaso de agua y se sentaron a mirarme. Como no notaba nada, comencé a reírme histriónicamente a carcajadas para luego caer en un estado de melancolía. Recuerdo escuchar rock progresivo por un oído y a Matías Prats por el otro. Durante unos segundos de mareo pensé que nos habían gaseado los enemigos extraterrestres, pero como vi que nada cambiaba a mí alrededor, decidí no desmayarme en aquel entorno hostil y hacerlo más tarde en el bar. Lo que más me preocupaba era el creciente movimiento de un ojo hacia el lateral. En un momento dado, llegué a especular que diese la vuelta completa y el pensar que iba a verme por dentro me estremeció hasta el punto de que llegué a romper algunas de las correas con las que me estaban sujetando. No reconocí mi reflejo en el espejo de enfrente ya que nunca me he identificado con el color azul y no recuerdo haber llevado nunca un tatuaje del escudo del Moldavia´s Selfies Club. La cosa comenzó a ponerse seria cuando la doctora que me había dado la pastilla me propuso apuntarme a un cursillo de geografía, para conocer nuevas naciones, como Tayikistán, Turkmenistán y Kyrgyzstan y otras que acaban en tan. Naturalmente, acepte ya que otra cosa hubiese sido considerada como un desprecio. Lo celebramos con un baile étnico similar al perreo, aunque, paradójicamente, cada uno permanecía sentado en su sitio. Al rato, una persona me preguntó acerca de mis preocupaciones y yo le respondí hablándole de los millones de colores que sabe distinguir la gente y los nombres que les han dado. Entre lágrimas de impotencia le indiqué que nunca pude reconocer el color mint y que eso me tenía traumatizado hasta el punto de plantearme emigrar a Burkina Faso. Un hombre vestido de payaso me invito a tranquilizarme y me ofreció una pastilla de color negro que no dude en ingerir, esta vez sin agua. A los pocos minutos comencé a insistir en que me pusieran un gotero de lo que fuese y no paré hasta conseguirlo. Sabía que estaban haciendo algo con mi mente porque en la pantalla de tv que tenía cerca no paraban de repetir una y otra vez el mismo salto de longitud. Por alguna extraña razón, el recuerdo de Don Gregorio, un profesor de macramé que tuve hacia años, no dejaba de atormentarme mientras Las Mama Chicho se empeñaban en secarme el sudor que me empapaba debido al esfuerzo que me había supuesto escalar el Gólgota.  Tras un par de horas en las que no ocurrió nada destacable salvo una aparición mariana y un encuentro en la tercera fase, una serie de personas con batas blancas me evaluaron físicamente y llegaron a la conclusión de que me encontraba en perfecto estado. Les pregunte porque habían decidido operarme de la vista vía rectal y me contestaron que había sido la mejor opción teniendo en cuenta mis movimientos similares a los de una posesión diabolica. A la pregunta de cómo definiría el efecto de las dos pastillas que me habían dado les respondí que no me había parecido que tuviesen efectos secundarios. Después de eso, me quitaron las correas y quedamos al día siguiente, pero no pude acudir porque esa misma tarde, en el bar, me tomé una caña y me sentó mal.