Hoy os voy a contar la historia de Tetrañor, es un señor con mucha personalidad, cuatro, ni más ni menos, mucha pompa y boato, y una pizca de cachondeo. Es mayor, con su barbita dorada emula a Moises, le encanta el ajo y asustar a los niños, a las niñas no, no sé por qué, y de vez en cuando le da por hacer la ola, es un poquito raruno, tal vez porque tiene cuatro ojos  y le da de cada puntazo…

Tetrañor además es un engendro, mucha pose, pero es un engendro, tanto es así que nació linterna, sufrió una avería irreparable y acabó siendo un tetra señor, Tetrañor

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Esta fue su metamorfosis, Kafka, lo siento pero me río de tí, vas a ver:

Con un poquito de pintura, unas tiritas de washi tape, un ventilador de ordenador abandonado, un latiguillo de ducha que perdía agua, alambre, y cuatro ojos rosas rosísimos, nació Tetrañor. La lengua grande larga y verde se la robó a un sapo, y cuanto más la usa más grande se le hace.

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Tetrañor ya nació mayor, desconocemos si es familiar de Benjamin Button porque en un tsunami durante un fin de semana en Albacete perdimos todos los números del móvil y ya es imposible localizarles, pero ciertamente hace cosas un poquito raras. Una de sus primeras fijaciones fue el reptar haciendo la ola y en casa no nos explicamos, nunca ha sido constumbre entre nosotros, ni siquiera los domingos lluviosos.

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Un día le dio un puntazo de los suyos y se compró unas pestañas postizas, le acomplejaban unos ojos tan grandes  pelados. Hizo bien, aunque supuso un conflicto familiar, se formaron bandos: a favor de las pestaña postizas, y en contra de ellas. Yo estaba en ambos según diera sol o sombra.

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A partir de las pestañas postizas  todo cambió, hubo un antes y un después. Su envejecimiento se aceleró a marchas forzadas, lo que en tiempos memorables fue un glamouroso tupé rubio,  viró a barba dorada, sus ojos encogidos ya no aceptaron pestaña alguna, y a cambio le crecieron unos largos dedos. Y continuábamos sin podernos hacer con la familia del Batton, ¡maldito tsunami manchego!.

Fue así como cogió la manía de asustar a los niños, que no a las niñas, que conste, cosa que tampoco somos capaces de explicarnos en casa, jamás lo hemos hecho, ya os digo, ni en domingo de lluvia.

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Sin embargo esta tontuna de asustar no le gustaba, fue una manía que cogió y que pasó a vicio, pero se observaba claramente en sus tristes ojos, siempre vidriosos y uno de ellos bizco. Pobre Tetrañor.

Era tal el sufrimiento que cuando no podía asustar a los niños porque éstos dormían, emulaba a las ardillas mientras leía a Cervantes.

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Tan profunda fue su inmersión en la novela caballeresca que los ya calvos y encogidos ojos, otrora grandes y de velludas pestañas, encogieron hasta el infinito en su cana cabeza posada sobre cuello de lechuguilla

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Los brazos se alargaron y adelgazaron, ya siempre caídos, grandes manos estiradas, con dedos en abanico, y la cola de ardilla… esa cola de ardilla que fue lengua robada a un sapo cuando Tretrañor reptaba haciendo la ola.

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Y esta es la historia de Tetrañor, el engendro que nació linterna, mutó a persona anciana de nacimiento,  y en una visita del Imserso a Albacete,  subido a un auto de choque, y en pleno maremoto manchego, volvió a su tiempos mozos reptando la ola, cosa que en casa, ni los domingos de lluvia.

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Este engendrito es mi aportación al desafío diogenero, el reto es crear algo con aquellas cosas que no tenían ya ninguna esperanza en nuestras casas, esos objetos que sufrían tembleques de miedo al pasar cerca del cubo de la basura, o venga, del contenedor de basura selectiva, seamos responsables.

Si quieres descubrir muchísimas ideas acerca de cómo otras flipaditas como yo lo aprovechamos todo todo todo, no debes perderte el resto de publicaciones en el desafío de las Diogeneras, el primer  viernes de mes en sus pantallas. Yo me lo pasé bomba engendrando a mi hombrecillo mutante, ¿te lo ibas a perder tú?, ¿acaso eres tú un@ mutante?, ¿reconociste a Tetrañor en los autos de choque?

 

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